miércoles, 20 de julio de 2011

La ruta 307

Lo que se veía por mi ventana la mañana del 19.
Ayer había alerta de tifón en la costa oeste de Japón. No estoy segura de én qué zonas en concreto más porque no soy muy ducha en geografía nipona que porque no me lo dijeran. Sin embargo sí que me quedé con el dato de que la zona importante del tifón (no el tifón en sí) estaba en Okinawa (¡Si no me equivoco, que pude haber comprendido mal!) y aún así en Aichi se sentía como si fuesemos a echar a volar de un momento a otro.

Yo sé de tifones lo justo y necesario. Vientos fuertes, muchas lluvias, y Dios te coja confesado si estás en tu barquita pescadora en ese momento, pero no sé por qué, en mi incultura tifónica se me ocurrió que no era un gran problema si estabas en tierra firme. Sí, iba a caer agua para regar compos diez años, y algún que otro árbol se caería, como en la tormenta Delta que tuvimos hace ya ¿Seis añitos? Pero esto, por supuesto, es mucho más grave, dentro siempre de lo razonable (Por ahora no he oído de vacas volando).

Edito: Con las prisas creo que no expresé bien lo que quería decir. No estoy comparando la tormenta tropical Delta con el Tifón Ma-on. Sólo estoy diciendo que lo máximo que he vivido fue esa tormenta que azotó las islas Canarias en el 2005, con vientos máximos de 110 km/h.
Por supuesto el tifón es grave en las zonas donde más afecta, pero no es algo de la magnitud del Katrina, por ejemplo (Creo, y espero).

Pues bueno, el caso es que ayer había quedado de nuevo con mi amigo (Apartir de ahora, Akira), y esta vez no podría acompañarle a su clases de apoyo porque cenaría con una conocida de mi amiga de Aichi (A partir de ahora, María, porque soy así de guay). Con tanto problema con el tifón y tanta alerta, el lunes por la noche escribí a Akira preguntándole si era seguro salir al día siguiente, y él respondió que por ahora no había peligro. Sería difícil hacer turismo, pero nada más.

En cambio, la amiga de María decidió cancelar nuestra cita.

Así que como la última vez, quedamos a las ocho y treinta de la mañana en la estación más cercana de la casa de María. Allí me llevó su madre, y habló con mi amigo para acordar con él que debíamos regresar a casa entre las seis y media y las seis y cuarenta de la tarde, puesto que con ese tiempo no se atrevían a conducir con más oscuridad, y los comprendo. Así que de todas formas no podía ir a la clase para los niños sudamericanos.
De nuevo en el coche y con Amaral sonando por los altavoces, se me dio a elegir entre ir a Gifu o ir a Nara, y yo, la verdad, tiro más por los ciervitos de Nara, así que no me lo pensé mucho. Él también creía que Nara era la mejor opción, a pesar de estar a dos horas de distancia en coche, y ya empezó a planear qué templos debíamos ver y qué comida debíamos comer. En el caso de la comida, teníamos el problema de que ninguno de los dos conocía nada que fuera típico de la ciudad. Quizás los shikasembei, pero vamos, para quien no lo sepa son las galletitas con la que se alimenta a los ciervos que pululan por el lugar.

Durante la ida ocurrió una cosa que me puso el corazón en la punta de la lengua y me dejó atenta a la carretera el resto de las dos horas. Cuando estábamos en una curva para entrar en una autovía o algo bastante grande, de pronto la lluvia se intensificó y no sé si fue que el camión de al lado nos encharcó, o qué, pero durante treinta segundos el cristal quedó anegado de agua. Pero no de esto de que se viera borroso y con mucha dificultad. Directamente no se veía más que chorros de agua gruesos y raviosos corriendo ventana abajo.

Yo entré en pánico. Me agarré las manos con tanta fuerza que me dejé marca, y me mordí el labio hasta hacerme una herida (que ahora es llaga). Akira dejó escapar unas exclamaciones de peligro que no comprendí, pero tampoco es que fueran muy altas, y redujo la marcha lentamente, hasta casi detenernos.

Fueron treinta segundos de no visibilidad, pero los treinta segundos más tensos que he pasado. Aún así me admiré de lo bien que había actuado él, sin dar volantazo ni frenazo. Yo creo que habría hecho las dos cosas al mismo tiempo mientras lanzaba más maldiciones que cabellos tengo. Pero no. Además, la distancia de seguridad que llevaba con el coche de delante facilmente podían haber sido veinte metros, y no se olvidó de encender los intermitentes de emergencia mientras iba frenando.

Vamos, que yo le di en ese momento un diez como conductor, y me quedé más tranquila dejándome llevar.

Ciervo de Nara capturado por mi cámara.
El viaje a Nara fue increíble, y saqué una cantidad ingente de fotografías. El problema fue que mi cámara era tan mala que apenas se llegaba a distinguir algo, y Akira me aconsejó que hiciera las fotos con las suyas. Ahora tengo que esperar a que me las envíe, aunque no será tarea fácil, con lo que pueden pesar todas juntas.

En la ciudad apenas nos llovió, un calabobos de nada, y luego una lluvia más o menos fuerte antes de que fueramos a almorzar. El museo de historia cerrado porque descansaba los martes (ya, bueno, yo no sé en qué día vivo desde que llegué a Japón), y los templos impresionantes, pero con prohibición de fotografiar a los gigantescos budas. La reseña intensiva la escribo otro día.

El tema de hoy es la terrorífica ruta 307.

Para llegar más o menos a la hora, salimos del último templo a las cuatro de la tarde, corriendo y muy apurados, pensando que quizás nos retrasáramos diez minutos y Akira ya mortificado por ello e ideando cómo disculparse con la madre de María.

El caso es que no llegamos diez minutos tarde. No. No fueron diez minutos. Llegamos a Aichi a las seis de la mañana, y no estoy exagerando ni gastando una broma de mal gusto.

Primero intentamos entrar en la autopista, y fue cosa así de treinta minutos de cola larga y cansada, moviéndonos apenas un metro y deteniéndonos. Pero nos entretuvimos hablando de lo que habíamos visto o haciendo bromas. El problema fue que al llegar a la entrada de la autopista la cola se debía a que ésta estaba cerrada, y los coche se paraban a hablar con los operarios para preguntar direcciones o simplemente informarse.

Cuando llegó nuestro turno, el hombre nos recomendó que para ir a Aichi mejor fuesemos por la ruta 307. Al princípio me quedé con el nombre simplemente por curiosidad. Los números es lo que más difícil me resulta en el idioma. Me los sé, pero se me escapan una vez los he escuchado. Así tengo que pedir varias veces que me repitan a qué hora hemos quedado o cuanto cuesta un objeto. Pero en este caso el hombre dijo "san maru nana" que viene a ser algo así como "tres círculo siete", y me quedé con el dato para preguntar más tarde, cuando hubierse menos peligrosidad de carretera húmeda, oscuridad y coches dando la vuelta, por qué en Japón, existiendo el cero y hasta teniendo dos nombres (Rei es el nombre nipón y zero el que trajeron del ingles) por qué lo sustituían por un círculo a la hora de hablar.

Sé que en el ingles se suele llamar "o", pero en japonés no me explico por qué se podría llamar círculo (teniendo en cuenta que aunque escriban los números como nosotros, también para ellos tenían kanji en un princípio, y alguna que otra vez me he encontrado estos kanji mezclados con algún maru, por ejemplo, 2007 se puede escribir 二〇〇七)

Sea como fuere es que me quedé con el nombre de la ruta, y podría haberlo olvidado al cabo de unas horita, pero no hubo suerte. Más bien la ruta se empeñó en quedar en nuestras memorias y marcarnos bien marcada la noche.

Después de carretear un rato, llegamos a la carretera en cuestión, y nos encontramos con un atasco increíble en la vía que tenía dirección a Aichi. La otra, la de sentido contrario, estaba prácticamente intransitada. En un tramo que podría haber abarcado no más de cincuenta metros nos quedamos desde las cinco y algo hasta las diez de la noche. Ya por ese entonces habíamos llamado a mi amiga una primera vez para avisar de que llegaríamos tarde al lugar de encuentro, y una segunda vez para pedir disculpas y decir que antes de las once era imposible llegar, y que mejor le daba la dirección y él me llevaba directamente a casa sobre las doce, si no era mucha molestia. Sin embargo en ese momento Akira llamó una última vez para deshacerse en disculpas de nuevo y decir que hasta las cuatro de la mañana no creía que llegaramos, y que en ese caso me llevaría a Aichi y dormiríamos en el coche hasta que fuese hora de que alguien en su casa estuviera despierto. Ya en ese momento mi amiga se preocupó un poco y pidió hablar conmigo, tras lo cual y asegurarse de que yo estaba de acuerdo en pasar la noche fuera de casa, dijo que no había ningún problema. Acordamos que a las siete habría alguien levantado en la casa.

Luego Akira me aconsejó que reclinara el asiento y durmiera todo lo posible, porque sería una noche larga. Nada más lejos de la realidad. Conseguí dormir de once a doce. Al despertar me dijo que desde la última llamada a María hasta que abrí los ojos habíamos avanzado cinco metros. Cuando, ya cansados, salimos de la cola para coger la vía en sentido contrario e ir a un veinticuatro horas a tomar algo y usar los servicios, nos dimos cuenta de que el inmenso camión que teníamos delante de nosotros estaba parado con nadie delante de él. El conductor se había dormido hacía rato.

Al aparcar y salir del coche, fui consciente de la fuerza del viento. A punto estuvo de cerrarme la puerta con la mano entremedias, y tan sólo tres segundos de poner los pies en el arcén, se me levantó la falda a lo Marilyn Monroe. Pero vamos, estoy hablando de la falda larga que juré que nunca más me pondría con este calor. Una con mucha tela, y lo suficientemente larga como para que si se levanta, sea hasta las rodillas y gracias porque ha hecho el favor de subir, pero no, a mi me llegó a la cara, y seguía que se iba para arriba.

Pero en ese momento no es que hubiera mucha gente atenta de lo que ocurría, y Akira estaba más bien concentrado en forzar la puerta, atrincherada con sacos de arroz, o lo que fueran, para poder entrar. Así que mi orgullo quedó intacto y pude seguir como si nada. Eso sí, después la falda bien atadita, y el pelo otro tanto de lo mismo, que me daba unos latigazos que parecía estar en la via crucis.

Después de aprovisionarnos de té y anpan por mi parte, y dos buenos botellines de café y anpan por la suya, regresamos a la 307, nos saltamos el camión y cincuenta metros más allá nos encontramos con otra cola que tenía pinta de durar. Sospechando que en algún punto habría otro vehículo dormido, Akira se decantó por carretear un rato, metiéndose en carreteras de montaña, caminos de campo, y esas cosas.

Así, en tres ocasiones, llegamos a la 307 siempre kilómetros más adelante, pero en algún punto dábamos de nuevo con una larga fila de camiones de los que no podíamos asegurar que esperasen un semáforo o que estuvieran esperando a la mañana en brazos de morfeo. Así que tras una media hora de rigor, volvíamos a las carreteras secundarias.

A eso de las tres de la mañana nos encontramos con que la ruta 8 estaba igual de llena de camiones que habían hecho algo similar a nosotros, y sospechamos que algún que otro conductor sin suficiente cafeína en el cuerpo. Para llegar a la 307 que nos llevaba a Aíchi, teníamos que pasar primero por la 8, y nos vimos haciendo carretera de nuevo para entrar en distintos puntos de la ruta, pero nos pasaba lo mismo que en la anterior.

A las tres y media no pude aguantar más, y volví a caer dormida.

Entre sueño me daba cuenta de que davamos vueltas, hacíamos paradas en veinticuatro horas, o el coche se valanceaba de un lado a otro por la fuerza del viento.

No desperté hasta las cinco de la mañana. Las cinco en punto, justo, como un reloj. Y Akira me dijo que no había dormido ni una sola vez, pero que ya estaba la autopista abierta y que llegaríamos a Aichi a eso de las seis y media. Luego había que ir a la casa de mi amiga, y esperaba no retrasarse esta vez y estar ahí a las siete.

Una vez nos detuvimos en el último conbini, me confesó que en una ocasión había dado una cabezada al volante, y por eso había parado para comprar toallitas para la cara. Parece ser que esas toallitas son para despejar a los conductores. Tendrán alcohol, o algún producto similar al eucalipto que hace que la piel se sienta fresca y pique un poco, de tal forma que no pueda uno dormirse.

Yo lo usé, pero más allá de quitarme el sudor nocturno y la tierra que había cogido entre vientos y paseos por Nara, no hizo gran cosa. Estuve cabeceando hasta que llegamos frente a la casa de mi amiga.

Y allí, a las siete menos cinco, me dejó él en manos de la abuela y María. Luego dormí. ¡Y qué sueño!
Espero que él haya llegado bien a casa.

Por mi parte, no fue ninguna sorpresa que cuando les diera los sushi envueltos en hojas de caqui que había comprado en Nara, la abuela esclamara "Asi que realmente fueron a Nara". No lo dijo con mala intención ni con aires de sospechar de mi. Fue simple y genuina sorpresa, incluso amablemente. Entiendo que el que pasara la noche fuera de casa se pueda malinterpretar, por más de que hubieramos llamado y explicado el verdadero motivo. Es un poco extraño que se tarden quince horas en hacer un camino que por lo habitual no toma más de dos. Incluso, en mi caso, si hubiese sido María quien me hubiera llamado a mi para decirme lo mismo, hubiera pensado "Puede que sea verdad, pero también puede que quiera pasar una noche por ahí fuera, y yo no soy nadie para estar haciendo de madre".

Pero bueno, tampoco tengo edad para estar mintiendo de esa forma. Creo que de haber querido dormir con un amigo, hubiera pedido permiso directamente. Por muy tachados a la antigua que sean unos abuelos, y por muy mal que se lo puedan tomar unos padres, o mucha sorpresa que se pueda llevar una amiga, tampoco creo que se armase mucho escándalo y sería más bien "Pues la niña se fue a divertirse". Nada más lejos de la realidad.

¡Qué dolor de cuello tengo ahora! De hecho, son las dos de la tarde, y entre el dolor de cabeza y el estómago revuelto, no tengo ganas de desayunar ni almorzar (y eso que aquí se almuerza a las doce). Pero María ya ha regresado de la universidad, y ha decidido que tengo que despejarme y salir esta tarde a alquilar una película, en japonés, para verla juntas.

Espero no haberles aburrido mortalmente con mi aventura por la ruta 307, y ya saben: faltas de ortografía y letras comidas, culpa del teclado, las prisas, falta de tiempo para releer y, sobre todo, mucho sueño.

Nos vemos.

2 comentarios:

Nakira dijo...

Bien, ahí va otra experiencia de vida: ya sabes lo que es un tifón y el dormir en un coche en medio de la geografía nipona. Algo de tal calibre te tocaba ya, no todo iba a ser buena comida, buena gente y buen tiempo :P. Descansa y fortalécete para la siguiente, que pase lo que pase esta ferviente lectora tuya agradecerá tanto las malas experiencias como las buenas ;)
Un millón de besos, a ver si te alcanza alguno.

Tomomi dijo...

Bueno, no me puedo quejar. Entre las malas experiencias, esta ha sido incómoda, pero no mala realmente. Podría haber sido peor, teniendo en cuenta que había un tifón en medio de la ecuación. Pero tan sólo fue una anécdota de carretera.

Pero entre tú y yo, admiteme que son más interesantes de leer las malas (o risibles) experiencias, que las buenas. Más que sea por la envidia. Jajaja.

Temo que me alcancen tus besos. Más que nada porque con este tiempo serán algo calientes y húmedos, y no convienen. Mejor te me vienes tú directamente a Japón y te ahorras la energía para patearte conmigo la islita. ¿Te hace?

Ya para el siguiente viaje ve haciendo planes que te vienes conmigo (Me pienso traer a medio mundo aquí)

Besos.

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