miércoles, 3 de agosto de 2011

Mis primeros días en la academia

Primero algo de práctica en japonés, luego mi vida en verso, digo, español.

Primer día de clase
月曜日はに学校の初日でした。
先週にレベルテストをしました。その後で会話のテストをしなければなりませんでした。けれど会話テストの先生はその時にじゅぎょうをしていました。それで、私に「月曜日、クラスが始まる前にテストをしましょう」と言いました。
でも金曜日、学校からメールがとどきました。「会話テストは要りません。あなたのレベルは初級Ⅰレベルの真ん中くらいでした」と言いました。
私はちょっとかなしかったです。あのレベルはとてもひくいと思いましたけど、今東京に私と住んでいる友達は、あのクラスはだんだんむずかしくなると言いました。それから、うれしくなりました。学校に行って、新しい人に知り合って、日本語のことをいろいろ習いたいです。
でも、初日に何も習いませんでした。私の同級生はひらがなもカタカナも読めないし、書けません。月曜日に、「わたし」と「あなた」を勉強しました。本当につまらなかったです。
昨日も何も習いませんでした。今日も習いませんでした。
私の日本語は上手でないと知っていますから、日本で日本語を習いたかったです。漢字であまり書くことができません。何か読めますが、本は無理です。それで、同級生はひらがなとカタカナを勉強していたら、本当にこの三週間で何も習いません。
今ちょっとかなしいです。

El lunes fue mi primer día de clases en la escuela de japonés para extranjeros. Antes dije por aquí que después de hacer el examen de nivel escrito, el cual me salió bastante mal, todo sea dicho, me dijeron que el oral tendríamos que posponérlo hasta el lunes una hora antes de que llegara el resto de los estudiantes.
Yo me dediqué a estudiar los primeros días, pero el viernes recibí un mail de la chica que nos había atendido avisándome de que no era necesario que hiciera ninguna prueba. Ya se había decidido que mi nivel era inicial intermedio. Lo cual yo, estúpidamente, entendí que me habían puesto en el nivel 3 (de los cinco que hay), pero al principio. Nada más lejos de la realidad. Se trataba del nivel 4, siendo que el cinco consiste en aprender a leer y escribir en los signos japoneses. Vamos, que ahí se aprende a decir "La casa roja está delante del coche azul" y poco más. Pero, para que no me deprimiera, decían que mi nivel era 4 intermedio. Como si eso fuera a ser un consuelo.
La amiga con la que estoy viviendo especuló con que podría ser que empezara desde algo muy básico pero después aprendiera mucho más de lo que ya había dado en Salamanca.
Confiando en que tuviera razón, el primer día fui a clase y salí realmente deprimida. No es broma. En un primer momento, cuando vi que la profesora comenzaba a explicar cómo se decía yo, cómo se decía tú, cómo se decía tu país y poco más, me dije "Se están riendo de mi. Esto no puede ser verdad". Pero sí que lo era.
Por suerte, el chico que tenía sentado al lado, Kim, que era koreano y había estudiado japonés en la universidad, tenía un nivel bastante alto, y pude conversar con él. Si en la clase había gente tan dispar entre los que no podía siquiera escribir su nombre en katakana y los que podían disertar sobre lo conveniente que era el sistema de trenes de Japón, debía ser que Moe Tokiense tenía razón. Aguanté las tres horas y media que duran las clases, y al final la cabeza ya me daba vueltas del aburrimiento. Intentaba entretenerme repitiendo las frases, aprovechando los ejercicios para conocer gente nueva, descubrir si podían hablar un poco más... Al final me encontré con un chico argentino y, cómo no, terminamos hablando en Español.

Bento MoeTokiensiense
Al terminar, me acompañó a comer el bento que Moe Tokiense me había preparado para mi primer gran y triunfante día de clase (se suponía), y él se compró otro en un combini. Así que echamos a caminar Yoyogi adentro, a ver qué encontrábamos, y terminámos sentándonos en un banquito frente a un edificio de oficinas. Allí almorzamos e intercambiamos experiencias.

El está ahora en Tokyo dando clases de Tango. En Argentina se presentó con su compañera a unas pruebas y fue seleccionado para trabajar en una empresa en Japón, así que ni corto ni perezoso, se vino para acá, aún sin saber nada de Japón. Pero cuando digo nada, me refiero a nada de verdad. Tuve que contarle mis pequeños trucos para sobrevivir en Tokyo, como las maravillas de los hiakin (tiendas de todo a 105 yenes), la "hora feliz de los conbini" (Cuando se hace de noche, el precio de la comida va bajando), y similares.

El segundo día fui a clase con un poco más de espectativa. Ya tenía un "amiguito" en el cole, así que no podía esperar para llegar y divertirme. La clase en sí fue igual de fácil que la del día anterior, aunque siempre hay pequeños detalles que hemos dado, sabemos que existen, pero no tenemos frescos en la memoria, como vocabulario básico que apenas usamos (sí, es básico, pero no todos los días uso la palabra cejas, o piña millo -mazorca de maíz), o gramática formal que con los amigos procuramos eludir. No aprendí nada nuevo, pero como estaba traduciendo al chico argentino y ayudandole a leer los carácteres, fue un tiempo ameno.

Eso sí, al terminar la clase él no se pudo quedar porque tenía una reunión, y se fue rápido.

Yo caminé un poco para ver si esta vez encontraba el parque Yoyogi, pero sólo llegué hasta una especie de parque que más bien era un templo. Tenía jardines, lugares para sentarse, y algunas personas comiendo sus bento, pero de pronto me entró la vergüenza. Me los imaginé mirándome, como suele hacer la gente que recién conozco y con quienes me siento a comer. Siempre me observan con curiosidad, y me ríen cada cosa que hago, por simple y cotidiana que sea, como usar los palillos o comer algo que no es habitual fuera de Japón. Supongo que es como cuando vemos a una japonesa degustando la paella y usando una mantilla. No lo sé. El caso es que no me atreví a sentarme ahí a la vista de todo el mundo y marché de nuevo a la academia, dispuesta a pedir indicaciones de un lugar tranquilo y apartado.

Me sorprendí cuando la chica que me fue a atender me señaló una mesita que había en la recepción, y me indicó que ahí estaba bien. Es más, recordando, me dí cuenta de que el primer día que había ido a la academia (cuando hice el examen) había visto a un hombre occidental comiendo en ese mismo lugar. Así que supongo que lo tienen para eso.
Fue terriblemente embarazoso abrir mi bento en medio de la recepción, delante de todos los profesores que iban y venían, miraban mi comida, me preguntaban si la había cocinado yo (esta vez sí), cómo lo había hecho, decían que olía o se veía delicioso... Vamos, que si no quería ser el centro de atención, más me hubiera valido quedarme en el parque.

Al llegar a casa estudié un poco por mi cuenta, pero después acompañé a Moe Tokiense a hacer unas compras con Mao Hermaniense y terminamos cenando en el Starbuck algo que, si bien estaba delicioso, por el precio debían haberlo cocinado con fuegos fatuos o en vez de leche el café tenía elixir de la vida eterna. Ya me dirán. Sé que el Starbuck es caro allá donde vaya, pero el colmo fue cuando tomé el último sorbo de café y bostecé. ¡Yo nunca bostezo con el café! A mí me despierta, pero mucho. Me pone muy nerviosa y activa. Me da la sensación de que en esos momentos no ligo bien los pensamientos, me salto procesos mentales y voy de un tema a otro apenas rozando los enlaces. Incluso pierdo la paciencia. Tengo ganas de moverme, de irme de aquí, escuchar poco... Por eso siempre evito tomar café, pero para una vez en la vida que iba al Starbuck, no podía negarme a beberlo. Al final creo que me dieron gato por liebre, o bien es que el estar bebiendo cuatro botellas de té al día me ha hecho inmune a la cafeína.

Moe Tokiense y Mao hermaniense en el Starbuck
Porque sí, gracias a mis vecinas biólogas sé que la teína y la cafeína es exactamente lo mismo, no cambia más que el lugar donde la consumimos. Sin embargo a mi el té no me sienta mal, y el café es como una bomba en mi cabeza y miles de pensamientos y masa gris chocando de un lado a otro dentro de mi cráneo.

Terrible, vamos.

Así que por una vez tomar café y quedarme adormilada a los diez minutos no estuvo mal. Una pena que Moe Tokiense y Mao Hermaniense se acuesten tarde, y al final entre las voces y la luz pues una permanece cansada pero despierta.

Hoy, de nuevo, como todos los días, me levanté a las seis de la mañana para hacer el desayuno, el bento y prepararme. Lo hice todo, pero no me dio tiempo de desayunar, así que le dejé la mesa servida a mis anfitrionas (y esta vez el miso me quedó bueno. Sé que no está bien decirlo, pero para una vez que me sale sabroso, hay que celebrarlo) y me fui a coger el tren.

Que por cierto, hablando de trenes. Sólo han sido tres mañanas tomándolo a hora punta, pero ¡qué tres mañanas! Han sido horribles. Momentos en los que pensaba que ya no había espacio ni para que abriera un poco los pulmones, con el calor agobiante y aún el aire acondicionado sobre mi cabeza sentía las gotas de sudor corriendo cuello abajo. El bamboléo de los cuerpos rozando (friccionando más bien), y el consecuente dolor de la zona dañada (normalmente hombros). Los golpes de los bolsos. Los empujones. Los carraspeos molestos junto al oído de una... Pero, sobre todo, lo que más me duele es la hora que tengo que pasar de pie, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra, hasta que llego a Shinjuku, donde por fin puedo salir, tomar aire, mover mis piernas decentemente, y subirme al otro tren para ir hasta Yoyogi (una parada más allá).

Lo curioso es que aunque todas las mañanas salgo asustada, pensando que esta vez el tren no va a llegar a tiempo, mirando la hora, viendo si es posible cambiarme a otra línea más rápida... Aún no he llegado tarde. Ni siquiera justo a tiempo. Siempre llego con diez minutos de margen, como mínimo. No es que sea algo loable (¡Oh, una española llegando a su hora! Increíble) sino más bien, con tantos trenes, líneas, horarios, y miedos a perderme, me extraña no haber tenido que pedir perdón aún por llegar tarde a una clase.

En lo que se refiere al día de hoy, ha sido terriblemente aburrido. Pero de verdad que aburrido. A pesar de que el chico argentino estaba a mi lado, y sus progresos en el idioma son evidentes (ya reconoce algunos caracteres e intenta leerlos por sí mismo), no dejo de notar que cada vez somos menos en la clase, como si hubieran compañeros que han sido seleccionados para subir de nivel, y yo aún sigo con personas que ni siquiera me entienden cuando les pregunto cual es su país o cuantos gatos tienen en su casa.

Así que de nuevo, pensando en que cerca tiene que haber una clase donde podría estarme esforzando de verdad en aprender, y en la cual cada tarde tendría que sentarme a repasar y estudiar lo dado, me deprimí por completo. A la tercera hora, cuando el profesor volvió a explicar qué significaba gakkoii (chico atractivo) abrí la libreta y me dí cuenta de que tenía anotada la gramática que había estado estudiando antes de saber que no tendría examen oral. Entonces, mientras seguía la clase de vez en cuando, me puse a repasar esa gramática y escribir frases ejemplo para ponerla en uso. Así fue como cuando una compañera me pidió ayuda mientras el profesor le preguntaba, yo me encontré perdida, no sabía qué ejercicio era y le ayudé mal. Perfecto para demostrar mi nivel.

De nuevo comí en la escuela, pero esta vez acompañada del chico argentino, y como compartíamos bento ya los profesores empezaban a hacer comentarios del tipo "qué buena pareja hacen" y esas cosas. Bastante vergonzoso.
Tanto ayer como hoy, en cuanto me encuentro con estudiantes de otras clases, o con profesores, hago lo posible por hablar con ellos, aunque sea de los temas más tontos y sin venir a cuento. Así al menos practico un poco, y cuando llego a casa puedo hablar con más fluidez con Mao Hermaniense.

El culmen de las rarezas
La comida fue como una brisa de aire fresco entre tantos pensamientos deprimentes sobre el nivel de estudio. Incluso estuve a punto de morir de un ataque de risa cuando mi amigo compró por error un bote de algo desconocido pero que ponía algo de cola, y al probarlo puso cara rara. Luego me hizo beber a mi, y en cuanto sentí una textura grumosa y glutinosa entre mis labios, lo retiré y me costó tragarlo. Se sentía exáctamente como el vómito, con sus tropezones, ya saben, pero fresquito. Luego me dí cuenta de que tenía gelatina, muuuuucha gelatina. Él dijo que al final uno se acostumbra y no está tan raro, pero si alguien compra bebida, es para beber. Es como tener sed y tomar natilla.

Luego, al despedirme de él y subir al tren, me sumergí de nuevo en mis pensamientos pesimistas, y en que no iba a aprender nada en estas tres semanas, que al final era dinero mal invertido, que me sentía ridícula aprendiendo cómo se dice silla, escritorio y gato, y cuando llegué a la casa casi tenía las lágrimas asomando. Le conté el problema a Mao Hermaniense, pero tampoco es que pudiera hacer mucho por mi.

Textura del "líquido".
Ahora he hablado con Moe Tokiense, y ella se ha ofrecido a acompañarme mañana para pedir un cambio de nivel o una nueva prueba. Sólo va a estar por si acaso tengo problemas a la hora de comunicarme, pero se supone que la petición y explicación tengo que hacerla yo por mí misma. Sino no soy capaz de hacer eso, es que no merezco el cambio, creo. Pero Moe quiere ir para asegurarse de que no hay problemas aparte, o para asegurar que yo estoy dispuesta a esforzarme y no ralentizar la clase en el caso de que el siguiente nivel sea realmente muy difícil. (Pero vamos, si no hay un nivel intermedio entre lo extremadamente fácil y algo para personas que pueden desenvolverse en la vida diaria pero no tener conversaciones profundas, es que hay algo raro).

Y después de toda esta parrafada, me voy a despedir que ya me muero de sueño. Eso sí, no sin antes hacer constar que soy consciente de lo que me cuesta expresarme en español últimamente. Moe cada vez usa menos el español conmigo, para ayudarme a estudiar, y sólo lo hablo con el chico argentino, pero sintiendo que a veces uso una gramática extraña o términos que no están bien escogidos. Lo mismo me está pasando ahora al expresarme por escrito.

Tampoco es una promesa, pero a partir de ahora me gustaría comenzar cada actualización del blog con un pequeño texto escrito en Japonés. Así practico más.
Moe me pidió que cocinara su comida favorita para la cena.

2 comentarios:

LaWi dijo...

Te escribo desde el trabajo, comiendo galletitas saladas...

¡Oh, esas ramitas del Tanabata sobre la pizarra...!

Suerte con la academia: Es normal llevarse ese tipo de decepciones, ya verás como es verdad lo que te dijeron sobre que al principio lo verás todo demasiado fácil y desmotivador pero que cuando te des cuenta habrán subido el nivel. Quizás te estén poniendo a prueba. A mí me parece muy valiente que te hayas marchado a Japón, por muchos años que lleves estudiando japonés: Llevo más de la mitad de mi vida estudiando inglés y no me atrevería a ir a Londres sola xDDD

Lo de los anillos y los colgantes... ^/////^ Demasiadas cosas bonitas para mí y que no esperaba, ¡muchas gracias de nuevo! Me hace un montón de ilusión, ya que no había querido pedirte nada desde Japón (mentira, pensé en pedirte que me trajeras galletas japonésidas, o chocolate, o Pocky o algo así, pero al ver que no te vería hasta Navidades pensé que si te pedía comida se estropearía antes de que pudiéramos probarla juntas, y decidí no pedirte nada ^///^). Por lo que vi en las fotos, me encantan, son justo del estilo por el que más me decanto el último año, que son igual de combinables para el día a día como para el Lolita o el Mori-kei.

Y no me importa esperar a Navidades, si tengo ganas de verte igual, y así me los pruebo en persona contigo y me los ves puestos :D

Hace tiempo que no te quejas del calor, ¿ya te has acostumbrado?

Nakira dijo...

Querida Guanchita,

anteayer volví de Londres y ya me he leído todo lo que me faltaba por leerte del blog. Te diré que me gustaría que escribieses más, pero teniendo en cuenta que prefiero que vivas tanto como puedas (para luego contármelo después), no me voy a quejar. Y sí, el Starbucks es caro sea donde sea (y su café, agua pura de color bronce, por eso no te hizo efecto alguno). Te escribiré con más calma más adelante, que sé que andas liada viviendo Japón y no es cuestión de robarte tiempo ;) Un millón de besos. Te echo un montón de menos, por cierto.

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