miércoles, 20 de julio de 2011

La ruta 307

Lo que se veía por mi ventana la mañana del 19.
Ayer había alerta de tifón en la costa oeste de Japón. No estoy segura de én qué zonas en concreto más porque no soy muy ducha en geografía nipona que porque no me lo dijeran. Sin embargo sí que me quedé con el dato de que la zona importante del tifón (no el tifón en sí) estaba en Okinawa (¡Si no me equivoco, que pude haber comprendido mal!) y aún así en Aichi se sentía como si fuesemos a echar a volar de un momento a otro.

Yo sé de tifones lo justo y necesario. Vientos fuertes, muchas lluvias, y Dios te coja confesado si estás en tu barquita pescadora en ese momento, pero no sé por qué, en mi incultura tifónica se me ocurrió que no era un gran problema si estabas en tierra firme. Sí, iba a caer agua para regar compos diez años, y algún que otro árbol se caería, como en la tormenta Delta que tuvimos hace ya ¿Seis añitos? Pero esto, por supuesto, es mucho más grave, dentro siempre de lo razonable (Por ahora no he oído de vacas volando).

Edito: Con las prisas creo que no expresé bien lo que quería decir. No estoy comparando la tormenta tropical Delta con el Tifón Ma-on. Sólo estoy diciendo que lo máximo que he vivido fue esa tormenta que azotó las islas Canarias en el 2005, con vientos máximos de 110 km/h.
Por supuesto el tifón es grave en las zonas donde más afecta, pero no es algo de la magnitud del Katrina, por ejemplo (Creo, y espero).

Pues bueno, el caso es que ayer había quedado de nuevo con mi amigo (Apartir de ahora, Akira), y esta vez no podría acompañarle a su clases de apoyo porque cenaría con una conocida de mi amiga de Aichi (A partir de ahora, María, porque soy así de guay). Con tanto problema con el tifón y tanta alerta, el lunes por la noche escribí a Akira preguntándole si era seguro salir al día siguiente, y él respondió que por ahora no había peligro. Sería difícil hacer turismo, pero nada más.

En cambio, la amiga de María decidió cancelar nuestra cita.

Así que como la última vez, quedamos a las ocho y treinta de la mañana en la estación más cercana de la casa de María. Allí me llevó su madre, y habló con mi amigo para acordar con él que debíamos regresar a casa entre las seis y media y las seis y cuarenta de la tarde, puesto que con ese tiempo no se atrevían a conducir con más oscuridad, y los comprendo. Así que de todas formas no podía ir a la clase para los niños sudamericanos.
De nuevo en el coche y con Amaral sonando por los altavoces, se me dio a elegir entre ir a Gifu o ir a Nara, y yo, la verdad, tiro más por los ciervitos de Nara, así que no me lo pensé mucho. Él también creía que Nara era la mejor opción, a pesar de estar a dos horas de distancia en coche, y ya empezó a planear qué templos debíamos ver y qué comida debíamos comer. En el caso de la comida, teníamos el problema de que ninguno de los dos conocía nada que fuera típico de la ciudad. Quizás los shikasembei, pero vamos, para quien no lo sepa son las galletitas con la que se alimenta a los ciervos que pululan por el lugar.

Durante la ida ocurrió una cosa que me puso el corazón en la punta de la lengua y me dejó atenta a la carretera el resto de las dos horas. Cuando estábamos en una curva para entrar en una autovía o algo bastante grande, de pronto la lluvia se intensificó y no sé si fue que el camión de al lado nos encharcó, o qué, pero durante treinta segundos el cristal quedó anegado de agua. Pero no de esto de que se viera borroso y con mucha dificultad. Directamente no se veía más que chorros de agua gruesos y raviosos corriendo ventana abajo.

Yo entré en pánico. Me agarré las manos con tanta fuerza que me dejé marca, y me mordí el labio hasta hacerme una herida (que ahora es llaga). Akira dejó escapar unas exclamaciones de peligro que no comprendí, pero tampoco es que fueran muy altas, y redujo la marcha lentamente, hasta casi detenernos.

Fueron treinta segundos de no visibilidad, pero los treinta segundos más tensos que he pasado. Aún así me admiré de lo bien que había actuado él, sin dar volantazo ni frenazo. Yo creo que habría hecho las dos cosas al mismo tiempo mientras lanzaba más maldiciones que cabellos tengo. Pero no. Además, la distancia de seguridad que llevaba con el coche de delante facilmente podían haber sido veinte metros, y no se olvidó de encender los intermitentes de emergencia mientras iba frenando.

Vamos, que yo le di en ese momento un diez como conductor, y me quedé más tranquila dejándome llevar.

Ciervo de Nara capturado por mi cámara.
El viaje a Nara fue increíble, y saqué una cantidad ingente de fotografías. El problema fue que mi cámara era tan mala que apenas se llegaba a distinguir algo, y Akira me aconsejó que hiciera las fotos con las suyas. Ahora tengo que esperar a que me las envíe, aunque no será tarea fácil, con lo que pueden pesar todas juntas.

En la ciudad apenas nos llovió, un calabobos de nada, y luego una lluvia más o menos fuerte antes de que fueramos a almorzar. El museo de historia cerrado porque descansaba los martes (ya, bueno, yo no sé en qué día vivo desde que llegué a Japón), y los templos impresionantes, pero con prohibición de fotografiar a los gigantescos budas. La reseña intensiva la escribo otro día.

El tema de hoy es la terrorífica ruta 307.

Para llegar más o menos a la hora, salimos del último templo a las cuatro de la tarde, corriendo y muy apurados, pensando que quizás nos retrasáramos diez minutos y Akira ya mortificado por ello e ideando cómo disculparse con la madre de María.

El caso es que no llegamos diez minutos tarde. No. No fueron diez minutos. Llegamos a Aichi a las seis de la mañana, y no estoy exagerando ni gastando una broma de mal gusto.

Primero intentamos entrar en la autopista, y fue cosa así de treinta minutos de cola larga y cansada, moviéndonos apenas un metro y deteniéndonos. Pero nos entretuvimos hablando de lo que habíamos visto o haciendo bromas. El problema fue que al llegar a la entrada de la autopista la cola se debía a que ésta estaba cerrada, y los coche se paraban a hablar con los operarios para preguntar direcciones o simplemente informarse.

Cuando llegó nuestro turno, el hombre nos recomendó que para ir a Aichi mejor fuesemos por la ruta 307. Al princípio me quedé con el nombre simplemente por curiosidad. Los números es lo que más difícil me resulta en el idioma. Me los sé, pero se me escapan una vez los he escuchado. Así tengo que pedir varias veces que me repitan a qué hora hemos quedado o cuanto cuesta un objeto. Pero en este caso el hombre dijo "san maru nana" que viene a ser algo así como "tres círculo siete", y me quedé con el dato para preguntar más tarde, cuando hubierse menos peligrosidad de carretera húmeda, oscuridad y coches dando la vuelta, por qué en Japón, existiendo el cero y hasta teniendo dos nombres (Rei es el nombre nipón y zero el que trajeron del ingles) por qué lo sustituían por un círculo a la hora de hablar.

Sé que en el ingles se suele llamar "o", pero en japonés no me explico por qué se podría llamar círculo (teniendo en cuenta que aunque escriban los números como nosotros, también para ellos tenían kanji en un princípio, y alguna que otra vez me he encontrado estos kanji mezclados con algún maru, por ejemplo, 2007 se puede escribir 二〇〇七)

Sea como fuere es que me quedé con el nombre de la ruta, y podría haberlo olvidado al cabo de unas horita, pero no hubo suerte. Más bien la ruta se empeñó en quedar en nuestras memorias y marcarnos bien marcada la noche.

Después de carretear un rato, llegamos a la carretera en cuestión, y nos encontramos con un atasco increíble en la vía que tenía dirección a Aichi. La otra, la de sentido contrario, estaba prácticamente intransitada. En un tramo que podría haber abarcado no más de cincuenta metros nos quedamos desde las cinco y algo hasta las diez de la noche. Ya por ese entonces habíamos llamado a mi amiga una primera vez para avisar de que llegaríamos tarde al lugar de encuentro, y una segunda vez para pedir disculpas y decir que antes de las once era imposible llegar, y que mejor le daba la dirección y él me llevaba directamente a casa sobre las doce, si no era mucha molestia. Sin embargo en ese momento Akira llamó una última vez para deshacerse en disculpas de nuevo y decir que hasta las cuatro de la mañana no creía que llegaramos, y que en ese caso me llevaría a Aichi y dormiríamos en el coche hasta que fuese hora de que alguien en su casa estuviera despierto. Ya en ese momento mi amiga se preocupó un poco y pidió hablar conmigo, tras lo cual y asegurarse de que yo estaba de acuerdo en pasar la noche fuera de casa, dijo que no había ningún problema. Acordamos que a las siete habría alguien levantado en la casa.

Luego Akira me aconsejó que reclinara el asiento y durmiera todo lo posible, porque sería una noche larga. Nada más lejos de la realidad. Conseguí dormir de once a doce. Al despertar me dijo que desde la última llamada a María hasta que abrí los ojos habíamos avanzado cinco metros. Cuando, ya cansados, salimos de la cola para coger la vía en sentido contrario e ir a un veinticuatro horas a tomar algo y usar los servicios, nos dimos cuenta de que el inmenso camión que teníamos delante de nosotros estaba parado con nadie delante de él. El conductor se había dormido hacía rato.

Al aparcar y salir del coche, fui consciente de la fuerza del viento. A punto estuvo de cerrarme la puerta con la mano entremedias, y tan sólo tres segundos de poner los pies en el arcén, se me levantó la falda a lo Marilyn Monroe. Pero vamos, estoy hablando de la falda larga que juré que nunca más me pondría con este calor. Una con mucha tela, y lo suficientemente larga como para que si se levanta, sea hasta las rodillas y gracias porque ha hecho el favor de subir, pero no, a mi me llegó a la cara, y seguía que se iba para arriba.

Pero en ese momento no es que hubiera mucha gente atenta de lo que ocurría, y Akira estaba más bien concentrado en forzar la puerta, atrincherada con sacos de arroz, o lo que fueran, para poder entrar. Así que mi orgullo quedó intacto y pude seguir como si nada. Eso sí, después la falda bien atadita, y el pelo otro tanto de lo mismo, que me daba unos latigazos que parecía estar en la via crucis.

Después de aprovisionarnos de té y anpan por mi parte, y dos buenos botellines de café y anpan por la suya, regresamos a la 307, nos saltamos el camión y cincuenta metros más allá nos encontramos con otra cola que tenía pinta de durar. Sospechando que en algún punto habría otro vehículo dormido, Akira se decantó por carretear un rato, metiéndose en carreteras de montaña, caminos de campo, y esas cosas.

Así, en tres ocasiones, llegamos a la 307 siempre kilómetros más adelante, pero en algún punto dábamos de nuevo con una larga fila de camiones de los que no podíamos asegurar que esperasen un semáforo o que estuvieran esperando a la mañana en brazos de morfeo. Así que tras una media hora de rigor, volvíamos a las carreteras secundarias.

A eso de las tres de la mañana nos encontramos con que la ruta 8 estaba igual de llena de camiones que habían hecho algo similar a nosotros, y sospechamos que algún que otro conductor sin suficiente cafeína en el cuerpo. Para llegar a la 307 que nos llevaba a Aíchi, teníamos que pasar primero por la 8, y nos vimos haciendo carretera de nuevo para entrar en distintos puntos de la ruta, pero nos pasaba lo mismo que en la anterior.

A las tres y media no pude aguantar más, y volví a caer dormida.

Entre sueño me daba cuenta de que davamos vueltas, hacíamos paradas en veinticuatro horas, o el coche se valanceaba de un lado a otro por la fuerza del viento.

No desperté hasta las cinco de la mañana. Las cinco en punto, justo, como un reloj. Y Akira me dijo que no había dormido ni una sola vez, pero que ya estaba la autopista abierta y que llegaríamos a Aichi a eso de las seis y media. Luego había que ir a la casa de mi amiga, y esperaba no retrasarse esta vez y estar ahí a las siete.

Una vez nos detuvimos en el último conbini, me confesó que en una ocasión había dado una cabezada al volante, y por eso había parado para comprar toallitas para la cara. Parece ser que esas toallitas son para despejar a los conductores. Tendrán alcohol, o algún producto similar al eucalipto que hace que la piel se sienta fresca y pique un poco, de tal forma que no pueda uno dormirse.

Yo lo usé, pero más allá de quitarme el sudor nocturno y la tierra que había cogido entre vientos y paseos por Nara, no hizo gran cosa. Estuve cabeceando hasta que llegamos frente a la casa de mi amiga.

Y allí, a las siete menos cinco, me dejó él en manos de la abuela y María. Luego dormí. ¡Y qué sueño!
Espero que él haya llegado bien a casa.

Por mi parte, no fue ninguna sorpresa que cuando les diera los sushi envueltos en hojas de caqui que había comprado en Nara, la abuela esclamara "Asi que realmente fueron a Nara". No lo dijo con mala intención ni con aires de sospechar de mi. Fue simple y genuina sorpresa, incluso amablemente. Entiendo que el que pasara la noche fuera de casa se pueda malinterpretar, por más de que hubieramos llamado y explicado el verdadero motivo. Es un poco extraño que se tarden quince horas en hacer un camino que por lo habitual no toma más de dos. Incluso, en mi caso, si hubiese sido María quien me hubiera llamado a mi para decirme lo mismo, hubiera pensado "Puede que sea verdad, pero también puede que quiera pasar una noche por ahí fuera, y yo no soy nadie para estar haciendo de madre".

Pero bueno, tampoco tengo edad para estar mintiendo de esa forma. Creo que de haber querido dormir con un amigo, hubiera pedido permiso directamente. Por muy tachados a la antigua que sean unos abuelos, y por muy mal que se lo puedan tomar unos padres, o mucha sorpresa que se pueda llevar una amiga, tampoco creo que se armase mucho escándalo y sería más bien "Pues la niña se fue a divertirse". Nada más lejos de la realidad.

¡Qué dolor de cuello tengo ahora! De hecho, son las dos de la tarde, y entre el dolor de cabeza y el estómago revuelto, no tengo ganas de desayunar ni almorzar (y eso que aquí se almuerza a las doce). Pero María ya ha regresado de la universidad, y ha decidido que tengo que despejarme y salir esta tarde a alquilar una película, en japonés, para verla juntas.

Espero no haberles aburrido mortalmente con mi aventura por la ruta 307, y ya saben: faltas de ortografía y letras comidas, culpa del teclado, las prisas, falta de tiempo para releer y, sobre todo, mucho sueño.

Nos vemos.

lunes, 18 de julio de 2011

Pupurrí al tuntún

Colacao con helado en un kissaten (cafetería) en Nagoya.

Llevo ya bastante tiempo en Japón. El suficiente como para sorprenderme cada día y apuntarme mentalmente cinco o seis detalles incategorizables cada tres horas. Pequeñas cositas de las que me doy cuenta y me digo "¡Anda! Pero si esto es así de distinto en Japón". Pero claro, no es como si tuviese tiempo de abrir el ordenador y sentarme a escribir a cada momento (y tampoco tengo ordenador, aún). Así que acumulando, acumulando, a la espera de que mi amiga vaya a salir y me deje dicho que el ordenador es todo mío por unas horitas, voy haciendo listas de momentos escogidos en mi viaje.

Y porque soy así de sosa, pienso numerarlos y ahorrarme editar y embellecer un texto tan variado como este:

1.- Nada más llegar, mi primera sorpresa fueron las puertas. Me quedé en una casa de planta antígua, aunque supongo que con sus remodelaciones. Con algunas habitaciones de tatami y otras de simple madera. El caso es que las de tatami tenían puerta corredera, lo cual era muy util teniendo en cuenta que fuera de éstas había un pasillo que cumplía todas las características que exige la rae en su definición (largo y angosto, sobre todo angosto).
El problema eran las habitaciones de puerta occidental, de las de picaporte y hoja, que se abrían hacia afuera. Hacia el pasillo. Y las había a ambos lados. Durante un rato estuve pensando si no sería igual en mi casa, pero caí en la cuenta de que no era así. Todas las puertas cuyo mecanismo de apertura alcanzo a recordar en España, es al interior de la habitación. Lo cual facilita el paso de las personas y que haya más de un cuarto abierto.

También, otra cosa que tiene relación con las puertas, es en lo que se refiere a los baños. Yo había notado que la gente del norte suele cerrar las puertas del servicio al salir. Lo noté con un holandés y con una alemana, así que sospeché que era costumbre de allí.
Luego llegué a planterame si en España, en algunas partes, no se haría igual.
Quizás sea sólo costumbre mía que al salir de esa habitación tienes que dejar la puerta abierta. No sólo para que se airee, en el caso de que no tenga una buena ventilación, sino que por el simple hecho de mostrarle a invitados y otros inquilinos de la casa que no hay nadie usándolo. Para mí una puerta cerrada siempre ha sido sinónimo de paso impedido, tanto figurada como realmente. Incluso cuando llegué a la península en mi primer invierno tuve muchos problemas, porque no estaba segura de que una cafetería estuviera abierta, puesto que tenía la entrada cerrada (y ni se molestan en poner un cartelito de abierto).
Puerta del servicio
A mi, particularmente, me da mucho reparo molestar a alguien cuando está dentro del servicio, de la misma forma que me importuna que alguien intente abrir la puerta si yo estoy dentro. Y muchas veces tengo que hacer averiguaciones para comprobar que no voy a encontrarme con una contestación desde el otro lado de la puerta.
En casa de mi amiga de Aichi el asunto se facilita mucho, puesto que aparentemente por este mismo motivo, sobre el picaporte de la puerta hay un aviso que cambia de color según esté en uso o no.

2.- El calor.
Nunca había sufrido tanto por el calor. Mucha gente me dice "pero tú eres de Canarias ¿No? Ya debes estar acostumbrada." como si estar en una isla subtropical fuese escusa para morirse de una insolación de tres pares de narices.
No. Vamos a ver. Por algún motivo las islas fueron moteada "Las Afortunadas". Allí no se sale de la primavera. Ni en invierno ni en verano cae una hoja. Nuestros árboles caducos se pueden contar con los dedos de una mano, y nuestros abrigos caben en la gaveta de la ropa interior. Claro que si luego te vas a una zona de montaña, pues pasarás un poco de rasca, y si te quedas horas al sol, lejos de la brisa y del agua, sobre alguna piedra ardiendo, tendrás un tonto a la brasa. Pero de resto, no.
Luego, cuando fui a vivir a la península, sí que me dió un poco el sol de frente y en dos ocasiones quedé chamuscada, pero a un estilo guiri que marcó tendencia. Aún así, el calor era duro, seco, de estos que te mosquean pero te vas a las sombrita con una buena tónica y todo solucionado. No te persigue, y ya si eso dejas las puertas y ventanas abiertas y la corriente se encarga de hacer su trabajo.
Pues aquí ni con corriente te libras, porque el calor es intenso, agobiante y húmedo. Sobre todo húmedo. Da igual si estás en Osaka que si te vas al Fuji; tus pulmones estarán ahogados de calor. Cada vez que respiro, siento que más que aire estoy esnifando agua calentita, a veces caliente y subiendo.
Yo y mis bombachos en el puerto de Nagoya
Y lo peor fue cuando me puse una falda. Yo vine preparada para un tiempo veraniego, así que con un pantalón corto, unos bombachos, una falda corta y una falda larga tendría para andar cambiando sin problemas (y con una lavadora a mano, se entiende).
Pues bien, me he dado cuenta que sólo me son útiles los pantalones cortos y la falda corta. Los otros dos ya me vale quemarlos y bailar sobre sus cenizas, porque si los vuelvo a usar una sola vez más, me voy a quedar seca. Nunca he sentido las gotas de sudor correr muslos abajo como en esas dos ocasiones. Al princípio ni siquiera estaba segura de qué se trataba y, perdón por el comentario escatológico, se me ocurrió que podría tratarse de la regla que había venido sin avisar. Ni mucho menos. Era sudor, simple y llano sudor.
En los momentos en los que esperaba a alguien, o a que viniera una nube en mi apoyo para poder salir de la sombra, me movía de un lado a otro porque tenía miedo de dejar un charquito a mis pies y que otros pensaran que tenía incontinencia urinaria, o hubiera roto aguas.
Tanto calor pasé que me vine yo con un abanico de las Españas, y al tercer día ya se me había partido una hoja, a fe del brío con el que abanicaba.

3.- Chissai Kao.
Desde que estoy aquí, me han dicho ya varias veces que tengo una cara pequeña. La primera vez que me di cuenta de que hacían esa observación, y me lo decían directamente a mi, entre risas y otros comentarios, pensé que si se me insultaba de esa forma debía ser que ya había familiaridad. Aunque nunca se sabe. Ya contaré.
El caso cuando le pregunté a mi amiga, ella no me explicó gran cosa, pero lo tradujo de una forma diferente "Cabeza pequeña", lo cual era aún peor en mi opinión. Tener una cabeza deforme, demasiado pequeña, era horrible. Y al menos medio día estuve con un complejo impresionante. Un poco más y me da vergüenza salir de la habitación.
Mi cabeza pequeña comiendo oyakodon en Kyoto
Así que yo tenía una cabecita diminuta para los japoneses, pero era alta (en la media nipona. No muy alta, pero dentro de lo normal para ellos) y ancha ya en fisonomía como en carnes (sólo decir que mis amigas son la delgadez personificada, y están siempre pensando en hacer dieta). Así que añadiendo la mini cabeza, mejor me ponía un burca y mataba dos pájaros de un tiro (No saben cuantas veces lo he deseado, pensando en cualquier cosa que me proteja del Sol).
Pero no. Resulta que tener una cara pequeña es buena cosa. Muy buena cosa. Luego, me di cuenta de que el "chissai kao" siempre iba acompañada de "kawaii!!!", que significa lindo. Así que mi carita pequeñita parecía linda para las chicas, y no era mala cosa.
Pero no se trata sólo de algo bonito y ya está. Parece ser que mi amiga siempre ha querido tener una chissai kao, y todas las noches hace unos ejercicios pasándose una ruedita por la barbilla para perfilar y "empequeñecer" el rostro.
Tanto las amigas del trabajo de su madre como las amigas de la universidad de ella hacen comentarios al respecto. Y anoche, cuando fuímos a cenar a un Kaitenzushi (sushi en barra giratoria), mientras estábamos esperando a que tocara nuestro turno para coger mesa, ella se giró hacia mí y se me quedó mirando un segundo, luego abrió su mano y la colocó sobre mi rostro, sin llegar a tocarme, como si quisiera agarrármelo por entero. Luego se la llevó al suyo. Estaba haciendo una comparación de cuanto más ancha era su cara que la mía.
En ese aspecto me recuerda a mi, porque desde que he llegado a su casa en muchas ocasiones me he encontrado comparando el grosor de nuestros brazos o muslos, cuando estamos sentadas una junto a la otra. Sé que es una estupidez. Ya desde un princípio nuestras fisonomías son incomparables, pero eso no quita que me sienta torpe y grande aquí, y ella en cambio me parece pequeñita y gracil. Lamentablemente no es algo de lo que pueda ocuparme por el momento. Ahora estoy demasiado preocupada en probar todos los tipos de comida distintos como para plantearme reducir masa.

4.- La comida.
No hay un solo plato que me desagrade. Todos están deliciosos, o como mínimo curioso.
Mitarashi Dango
Ya en Osaka probé un par de cosas, no demasiadas, y me los comí con placer y entusiasmo. Pero ahora, en Aichi, los padres de mi amiga se empeñan en traerme cada día algo nuevo de la cocina japonesa. Hoy sushi, ayer ramen, mañana dango. De todo. Y siempre me observan atentamente a ver cual es mi reacción.
A todo, por supuesto, digo que está bueno. Pero bueno no se puede decir sólo "ii" y ya está ("ii" significa bien) porque en este caso se entendería como "es suficiente" o incluso "no está mal". Cuando una comida sabe bien se dice "oishi". El problema es que para mi todo sabe bien, y como sólo existe esa palabra (ya me he encargado de preguntar varias veces), sospecho que empieza a parecer que finjo agrado sin importar qué.
Hablando con mi amiga, le dije que me parecía curioso que en Japón hubieran tantos programas sobre platos típicos y extranjeros, y que los principales regalos que se traen de un viaje sea las comidas típicas, y que cuando los japoneses viajan siempre van a probar todos los platos regionales. De hecho, se podría decir que el turismo japonés está muy dirigido a la gastronomía. (Y no engordan, los afortunados).
En cambio los españoles no nos preocupamos tanto por eso. Por supuesto, siempre hay alguien que nos dice "Si vas a tal sitio, tienes que probar este plato. Es una especialidad del lugar". Pero no nos desvivimos por comerlo. Tampoco tenemos revistas con reseñas de comidas de todos tipos, ni concursos de qué restaurante hace el mejor plato, ni programas que parecen documentales de cocina, ni nada de eso. Hay incluso uno en los que varios presentadores van de bar en bar preguntando si pueden comer de gratis y filmar cómo comen y cual es la reacción al probar la comida.
Ichigo Daifuku
Sin embargo en España tenemos miles de forma de expresar nuestro agrado en la mesa. "Bueno" "Rico" "Delicioso" "Esquisito" "Sabroso" y un largo etcétera. En Japón sólo conozco el "Oishi" ya mencionado, y el "Umai" que es una forma más vulgar, típica entre los hombres y con familiaridad.
Cuando probé el Anpan (Pan con relleno de pasta de judías dulces) me gustó tanto que deseaba expresar mi agrado de alguna forma distinta a las anteriores, y sólo se me ocurrió decir "Daisuki" (me encanta). Eso les emocionó (hicieron una fiesta, casi), y luego me trajeron más dulces distintos (Dango e Ichigo Daifuku), pero como sólo dije que estaban buenos, se decepcionaron. Esperaban otro "Daisuki" monumental.
Hoy tengo Taiyaki para la merienda, y estoy segura de que también esperarán mi reacción, y yo sigo quebrándome la cabeza pensando cómo expresar que el dango me gusta, pero sólo está rico, el Ichigo Daifuku es muy sabroso y suave, y el Anpan es delicioso, mullidito y seco y dulce a partes iguales.

Iba a escribir muchísimo más, pero he quedado en una hora, y tengo que coger el tren y todas esas cosas que requieren que salga por la puerta ya mismo.
Disculpen faltas de ortografía, palabras o letras comidas, no es falta de hambre sino de tiempo.

¡Nos leemos!

viernes, 15 de julio de 2011

Sombrillas en Japón.

La época en la que he venido a Japón es más calurosa de lo que nadie pueda decir. Por mucho que un amigo te advierta de que en Julio hará calor, mucho calor, no te creerás que sea tanto. No te creerá que pueda llover durante dos días seguidos, sin descanso, y que aún así el aire sea cálido como en una sauna, y el vapor ronde las calles y el piso no termine de estar húmedo, pero sí caliente. Es mucho el calor.

Pero otra cosa que parece increíble, es que con un clima como este, las personas salgan a la calle vestidas como van. No sólo las chicas, que es impresionante, sino tembién los hombres, con sus trajes de negocios, negros, de mangas largas, tela cerrada, corbatas bien anudadas al cuello. Los puedes observar durante minutos eternos esperando frente al semáforo, con todo el sol encíma y chorros de sudor escurriéndoseles sien abajo, pero ninguno termina de quitarse la chaqueta.

Me pregunto cómo se sentirán cuando lleguen al trabajo, empapados de sudor y con la tela rozándoles molestamente. Entrar y sentir el aire acondicionado al máximo, secándoles el sudor sobre el propio cuerpo sin quitar esa sensación pegajosa. Dirigirse a su mesa de trabajo y tener la obligación de sentarse, de apollar la espalda empapada, los muslos ardiendo, contra esa silla de oficina acoginada y calentita.

No. No quiero imaginarlo, realmente.

El caso de las chicas es mucho más curioso. Los hombres al menos se limita a ser entre hombres que trabajan, en edad laboral y horario laboral. Las chicas, por lo contrario, son desde la pubertad hasta la tumba, a todas horas. Vestidas con una prenda sobre otra, con trajes largos o cortos, minifaldas que serían escandalosas sobre mallas negras que no se pondrían ni las monjas con ese tiempo. No sólo usan varias camisas por moda, ni se ponden pantalones debajo de las faldas o de los shorts por estética. También se ponen guantes hasta el codo, al menos. Algunas llevan sombreros o gorras, pero otras, sobre todo las mayores, una especie de viseras negras que se bajan cuando salen al sol y se cubren toda la cara como si fuesen a trabajar en una fragua.

Cláramente lo hacen intentando huír del sol y de tomar color. Es algo que me extraña no tanto porque quieran estar blancas (que me parece que cada cual tiene su gusto) como que estén dispuestas a sufrir tanto y a vestir de una forma determinada y no especialmente agradable ni bonita, cuando hoy día existen las cremas de Sol pantalla total. Vale que nada protege por completo, pero estoy segura que tampoco será muy sano cubrirse con un burca de arriba abajo, y menos cocirnarse en su propia salsa bajo el Sol nipón.

También hay muchas chicas que a demás de llevar estos guantes y el resto de la piel casi por completo cubierta (Siempre queda algún tobillo al aire, algún pedacito de brazo, de dedo, de cuello.), se refugian bajo sombrillas como damas victorianas con falda corta.

No es, como pensé en un princípio, algo que sólo hagan las mujeres mayores o de mediana edad. He visto adolescentes tempranas con sus sombrillas y movil en ristre, caminando tranquílamente con su gropo de amigas. Así que no. No es ni un objeto ni una moda del pasado. Es algo tan actual como los purikuras y el karaoke.

Queriendo sacar información sobre este tema, me hice la tonta con mi amiga de Osaka y le pregunté cuál era el motivo por el que usaran sombrilla. Claramente me dijo que era para buscar un poco de sombra y, ¿por qué ocultarlo?, para no tomar color. Su forma de responderme, me hizo sentir que o bien no le gustaba esa práctica o le avergonzaba que yo me interesara por ella. Entonces, metiendo el dedo en la herida, quise saber por qué ninguna de mis amigas japonesas usaban sombrilla, ni en España ni aquí.

"Porque en España no se usa ¿No?", me dijo. "Tenemos que aprender la cultura de allí. Por eso vamos."

Entonces fui yo la que me sentí terriblemente avergonzada. De pronto se me ocurrió que yo estaba siendo muy cerrada de mente interesando por una costumbre ajena con curiosidad pero lejanía. Mirándolo como si fuese una rareza que hubiera que estudiar, pero no comprender.

Me explico: Ellas abandonaron sus sombrillas y su blancura para estudiar la vida en España. Yo en cambio vine con mis aires europeos de "las japonesas piensan demasiado en su piel, hay que salir a disfrutar, no a huir del Sol", y no me bajé de mi cultura española ni siquiera para poder evaluar esa mentalidad desde la cercanía.

Unos días antes, la abuela de esa amiga había insistido en acompañarme a la estación. Yo ya había ido y regresado de allí sóla, y ella lo sabía, así que no se trataba de una obligación de anfitriona, sino que realmente quería ir conmigo a la estación y asegurarse de que todo me era facil. No sólo se preocupó por que tomara un buen camino, y por darme conversación: Me dió una sombrilla negra, y ella usó la blanca.

En ese momento lo acepté bastante mortificada. Intenté rechazarla con educación, pero ella insistió. No se podía salir de la casa sin sombrilla. ¿A donde iba a ir yo con el rostro así de expuesto? No señor. Y el resto del camino fui yo con la sombrilla encima y la vergüénza haciéndome sombra.

Me aseguraba de bajarlta todo lo posible cuando había una persona que venía de frente o se acercaba demasiado. La ladeaba un poco cuando pasaba junto a mí, y procuraba que no se me pudiera ver la cara en ningún momento. Sentía que estaba ridícula con esa sombrilla negra paseando por la ciudad. Una extranjera con una sombrilla negra paseando por la ciudad.

No era lo que se correspondía a mí. ¿Verdad? Cuando los japoneses piensan en las españolas, piensan en flamenco, en toros, en sevillanas, rizo en la frente, olé, piel tostada, ojos almendrados y siesta. Y ahí estaba yo, rolliza, blanca, pelo lasio y sombrilla en mano.

Cuando mi amiga me respondió con esa frase, ese tan sabido "allá donde fueres, haz lo que vieres" que yo siempre pensaba que cumplía, me dí cuenta de que de las japonesas se espera que sean delgadas, blancas y ordenadas, coman con palillos, sean muy agradecidas y estén todo el día trabajando. Sin embargo, cuando llegan a España, ahí las ves adaptándose al horario español. Comiendo a las tres y matando el tiempo con aburrimiento mientras su família adoptiva duerme la siesta. Engordando un kilo por mes, tomando sol a diario y usando cubiertos con mucha más facilidad de lo que nadie se espera (de hecho, son pocos los japoneses que no saben usarlos. Aunque haberlos, hailos).

Las japonesas se españolizan. Vienen ya mentalizadas con que van a regresar a su casa impregnadas de España. No se nos quedan mirando de lejos y preguntando a sus amigas española, "A ustedes no les espanta tener la piel así de oscura y fea, ¿Verdad?"

Encambio ahí estaba yo. Observando tras mi hermético cristal cultural y riéndome del terror a los baños de Sol.

Pues bien. Ayer, estando en Aichi y con otra amiga diferente, pero también con su abuela, ésta se ofreció a acompañarme a una Kusuriya (farmacia) y luego llevarme al Hiakin cercano (tienda de todo a 100 yenes). La intención de ir al Hiakin era de mera curiosidad. Por muy barato que estuviera, no iba con ninguna compra en mente (Aunque salí con una bolsa térmica para conservar botellas de bebida frescas o calientes, y dos cositas más). A la farmacia quería ir porque llevo cosa así de dos semanas en Japón y aún no he averiguado cómo comprar cera para depilarme. Y dentro de poco va a ser necesaria.

Al salir de casa, la mujer me tendió un paraguas oscuro, y fugazmente pasó por mi mente que estaba lloviendo. Tan sólo un segundo. Luego me dí cuenta de que era una sombrilla marrón. Pensé en hacer unos primeros intentos para rechazarla, como la anterior vez en Osaka. Pero en vez de eso, la acepté agradecida y la abrí pensando que no había nada de raro en que hiciera eso.

Esta vez el camino de ida y de vuelta fue mucho más relajado, y no sentí en ningún momento vergüenza. Como estábamos en un barrio recidencial, la mujer se paró dos veces a saludar a algún vecino, y éstos la saludaron a ella y a mi. Esperé ver miradas de sorpresa o diversión para poder responderes con seriedad, para asegurarme a mí misma que no pasaba nada. Pero muy por el contrario sólo me saludaron amablemente, mostrando el típico interés casi desinteresado que se les nota cada vez que ven un extranjero, y luego me hacían una inclinación de cabeza. Nada más. Ni un vistazo de reojo a la sombrilla.

Qué tonta me sentí.

Al regresar a casa, fui a devolv^ersela, pero me respondi^o que mejor me la quedaba para seguir us^andola m^as adelante. Y ah^i la tengo, colocadita bien puesta junto al bolso para tomarla nada m^as salir a la calle. Por supuesto, s^olo cuando vaya en compannia. Los cambios poco a poco.

Hasta la próxima.

jueves, 14 de julio de 2011

Kyoto y clases de apoyo para niños hispanoparlantes.

Deseos colgados en el templo Kyomizu, en Kyoto.
Ayer, como dije, quedé con un amigo japonés. Él habla español bastante bien, y por eso no practiqué apenas el idioma, mas que cuando otra persona se dirigía a mi, o cuando escuchaba lo que hablaba con otros. Fue un día muy pasivo y muy español.

De entrada, quedamos en la estación cercana a la casa de la amiga donde me quedo. Habíamos acordado vernos temprano para poder aprovechar todo el día, aunque yo no tenía en mente ir a ninguna parte. Así que cuando apareció con el coche y me subí, no presté atención a nada por un rato, sólo pensando en responder a su pregunta de qué quería ver.

Luego me di cuenta de que por los altavoces estaba sonando Amaral.

Por primera vez desde que había llegado a Japón estaba rodeada de mi idioma, sin siquiera un sonido asiático. No estaba segura de si me gustaba o no. La sorpresa fue agradable de por sí, pero al mismo tiempo me sentía culpable porque mi intención de estudiar japonés se va al garete siempre que estoy con amigos. Aún cuando ellos dicen; “¿Ahora hablamos en japonés?” yo les respondo que es imposible, y para no sentirme tan mal de vez en cuando practico una frasesita o dos. Ya está.

Él decidió el destino: Kyoto.

Mientras estuve en Osaka tenía intención de ir. Había elegido el día de mi cumpleaños para hacer turismo con la amiga con la que me hospedaba allí, pero las horas extras de su trabajo se interpusieron entre nosotras y nuestros planes. La pobre tuvo que trabajar cuatro horas más de lo acordado, y en vez de salir a las once y media de la mañana, salió a las tres y media, sin comer, y teníamos dicho a una chica que a las ocho cenábamos con ella (por lo de ser mi cumple, y comer tarta y todo eso). Asíque nos fue imposible ir.

Con mi amigo fuí en coche y por la autopista, y tardamos  cosa así de tres horas, entre algún que otro camino erroneo y vuelta atrás. Pero fue muy divertido. Estuvimos poniendonos al día.

Él ahora estaba trabajando en la recepción de un hotel, y entre semana aprovechaba las tardes, en cuanto salía del trabajo, para hacer voluntariaro con niños sudamericanos que tenían problemas para seguir las clases en japón. No se trataba de que los niños no tuvieran capacidad para estar al nivel de los japoneses, ni tampoco que no comprendieran absolútamente nada el idioma. Más tarde, a la noche, lo acompañé a una de esas clases, con tres chicos peruanos, una chica peruana y un muchacho brasileño. Todos hablaban un japonés muy coloquial y fluido, pero a veces dudaban del significado de una palabra más culta que otros chicos japoneses podrían haber escuchado con frecuencia en sus casas, pero no ellos, con padres que hablaban en español de puertas para adentro.

También, en un momento, mi amigo me pidió que me sentara junto a la niña por si podía ayudarla un poco. Estaba dando matemáticas y tenía casi trece años, pero al parecer se le daban muy mal las matemáticas más sencillas. Yo pensé, “bueno, si son matemáticas de la primaria o secundaria, no habrá problema, ¿no?” (Mi bachillerato fue de letras puras. Latín sí, fórmula de la relatividad para otro día, gracias). Así que me senté con la niña y miré su cuaderno. De entrada lo que tenía era algo como esto:

2y+2x(-4+3y)+9·7n 

Así tal cual, sin signo de igual, ni pistas sobre el valor de la y, la n, o la x, y yo pensando “Ni con trece ni con trenta resuelvo yo una ecuación sin más información que esta”. Cuando mi amigo tuvo que venir a ayudarla a resolver el problema , porque yo era incapaz, me dí cuenta de que no había que descubrir el valor de y, x o n, sólo había que simplificar la ecuación.

Así era normal que sus padres fueran incapaces de ayudar a los niños fuera de clases. Si no entienden los enunciados, por mucha matemáticas que sepas, no comprendes qué es lo que te exige el ejercicio.

También ayudé a mi amigo con un niño que tenía ejercicios de ingles. A ninguno de los tres se nos daba especialmente bien, pero al parecer ellos pensaban que mi pronunciación era muy buena, y que todo lo que fuera a decir sería correcto.Por eso me sentí fatal mientras opinaba, y siempre decía “Creo, pero sólo creo, que se dice así. ¿Eh?”. También me reí de lo lindo cuando uno preguntó cómo se decía inteligente en ingles. Aunque toda la frase la pronunció en japonés, la palabra intelitente la dijo en español.

Un muchacho respondió “head is good”, y mi amigo dijo que seguramente sería más “good face” o algo similar. Ellos estaban traduciendo directamente del japonés al ingles, donde se dice Atama ga ii (Buena cabeza, como nuestros muchachos sesudos y similares) para las personas listas.

Pero bueno, no me voy a quejar. De pequeña yo también traducía directamente del español al ingles.

Otra cosa curiosa fue que la niña le preguntó a mi amigo de dónde era yo. Cuando le respondió que española, dijo:

“¿España? ¿Y eso donde está? ¿Cerca de Rusia?”

“No. Más al oeste. Como Italia, Francia...”

“Ah... De Europa”

“Sí, de Europa”

La niña se quedó un rato pensativa, luego me miró extrañada y regresó a su profesor, molesta.

“¿Pero entonces por qué habla tan bien español?”

Toda la converación se había desarrollado en japonés, pero no era especialmente difícil de comprender, y cuando salió con esa pregunta yo no pude contener la risa. Fue muy maleducado, porque la niña se puso roja como un tomate cuando mi amigo le respondió lentamente que el español era de España. En japonés España se dice Supein (tal y como se escribe) y español se dice “supeingo” igual que Japón es Nihon, y japonés es nihongo. Cualquier idioma se escribe con el nombre del país y un go al final. Así que lo que había dicho la niña había sido un error muy ridículo, pero bastante entendible en alguien de su edad.

Yo con sus años todavía pensaba que la Península era algo así como la octava isla, sólo un poco más grande que Tenerife, y un poco a la derecha de Lanzarote, a tiro de piedra, vamos.

Pero bueno, al caso, estábamos hablando de Kyoto, no de clases de apoyo.

Mi amigo ha estado muchas veces en la ciudad. Al parecer le gusta mucho, y al menos una vez al año hace un viaje allí. Por eso conocía las rutas bastante bien, y me llevó de un templo a otro sin contratiempos. Mi principal interés, por supuesto, eran los templos. Pero también quería ver un poco la ciudad, pues estoy interesada en hacer un año de universidad den Japón, y pensé que me convendría estudiar el lugar donde podría tomar mis clases.

Diré que como lugar turístico es muy bueno, y la gente es muy amable. Pero para estudio del idioma, aunque antes era indudablemente mi primera elección, acaba de ser tachada. La ciudad es como cualquier otra, sin más dificultades, y con ciertas cuestas empinadas, pero para una tinerfeña las cuestas no cuestan. ;-)

Los únicos problemas, además de ser un horno en verano y una heladera en invierno, es que usan muchísimo kanasai ben (dialecto de la zona de Kansai, en donde se encuentra tanto Kyoto como Osaka). Ya no se trata sólo del idioma, sino que la entonación, la cadencia de las palabras y las palabras en sí son distintas.

Como en Canarias, tienen sus regionalismos, y sustituyen algún término por  otro. Por ejemplo, contínuamente la gente nos estaba diciendo “Ookini, Arigatou”. Es mundialmente sabido que arigatou significa gracias, pero Ookini a mi me sonaba a algo así como “muy grande, grandemente”, así que lo interpretaba como “Muchísimas gracias”, cosa que en cualquier otra parte de Japón se diría “Doumo arigatou gozaimasu”. Pues bien, cuando me animé a usar una frase con ookini de por medio, mi amigo se rió de mi, y me explicó que esa era la palabra que en kansai se usaba para gracias, y como era muy distinta a arigatou, lo decían primero en dialecto y luego en japonés corriente para que los foráneos pudieran entenderlo.

Errores de ese tipo, tuve muchos. Fue gracioso para él, pero no para mi. Además, me costaba mucho más comprender a alguien en ese lugar que en Aichi, por ejemplo.

Extranjeros comiendo dango en el templo.
El otro motivo por el que no creo que sea buena idea ir allí a estudiar es que hay muchos extranjeros. No desprecio la compañía de los extranjeros; muy por el contrario la busco, y eso no es bueno para ningún estudio. Allá a donde fuera, había algún inglés mochilero o emparejado (con inglesa o con japonesa) y sonrojándose al sol nipón (cosa de lo que yo tampoco me libré). Aunque mi inglés no es bueno, perféctamente podría comunicarme con ellos, y de no ser porque tenía a mi amigo de guía, segúramente habría intentado preguntarles una dirección ante a ellos que a cualquier otro japonés.

También vimos a una família de españoles en otro templo. Un hombre con su mujer y un bebé en carrito, y ahí sí que estuve a punto de asaltarles y charlar con ellos sobre viajes y japones. Pero me contuve. Me contuve. A duras penas pero lo logré.

Para ir abreviando, resumo mi visita en Kyoto mediante fotos. Por eso que se dice de que una de ellas valen más que mil palabras, y también porque no me queda mucho tiempo.

Como advertencia, dejo dicho que mi cámara es de entre las más malas del mercado, la peor.
Ah, y si pinchas sobre las fotos, se abren en grande. Aunque no es como si se fuera a ver mejor.

Aquí estábamos en un jinrikisha. El hombre nos alcanzó a la salida del aparcamiento y empezó a contarnos una cosa muy interesante sobre las rutas, el noble oficio de los tiradores de carro, y todas esas cosas que se les suele contar a los turistas. Al final mi amigo no se pudo resistir, más que fuera por las explicaciones que nos iba dando de cada calle, adorno y detalles de la ciudad. Además, el hombre tenía un salero encíma... Imposible no dejarse llevar.
Lo único que no me gustó era su constante empeño de referirse a mi como O hime sama. Viene a ser algo así como princesa, y claramente se lo dirá a todas sus clientas femeninas para que se sientan aduladas y salgan de allí con el ego un poquito sonrojado. Nosotros también le decimos a los alemanes gambas que son muy guapos y que nos encanta que vengan a gastar el dinero a nuestras islas. Bueno, lo segundo no lo decimos en voz alta, o al menos no en alemán. Por eso era que no sabía cómo comportarme con el conductor del jinrikisha cada vez que me hablaba, así que terminé fingiendo no entender qué decía, porque la otra opción era fingir vergüenza, y a veces la vergüenza fingida se me da muy mal. De haber puesto la cara de escéptica que me guardaba a cada momento, seguramente lo habría tomado por muy maleducado. Así que la de extranjera ignorante fue la mejor opción, creo.

Antes de entrar en el templo de Kyomizu, pasamos por una calle llena de tiendas de regalos, y bajo el sol abrasador, no pudimos resistirnos a un par de helados. El de él es el vaso verde con una bola de vainilla. Lo verde es maccha frío (té verde japonés). El mío es helado de melocotón.

Yo quería probar maccha con helado de melocotón, pero eso a los japoneses les parece una barbaridad. Con vainilla, en cambio, está bien.

De cualquier forma, el mío también estaba bueno. Y me lo dieron con una galleta de canela que estaba para morirse. Más tarde encontré cajitas de regalo llenas de esas galletitas (como los barquillos que nos ponen a nosotros en los helados), pero no tenía caso comprarlo. 
Puertas del templo de Kyomizu. Estuve viéndolas durante un buen rato, puesto que no se permitía la entrada con comida, y yo como lento, sobre todo si el helado está bueno.
Justo antes de entrar en la zona de culto está esta pila de piedra. Se usa para purificar las manos de los creyentes.
Al salir por la otra puerta, había una fuente donde con el mismo sistema bebías agua y así te purificabas por dentro (No sé si se trataba de una purificación espirituál o del cuerpo completo, puesto que no entendí bien la explicación)

Desde la otra fuente, en la que uno se purificaba bebiendo, se podía ver la base sobre la que se sostenía una parte del templo. Justo la parte en la que la gente se sitúa para tomar su turno antes de sonar la campana y rezar, antes de poner el incienso, o desde donde se mira el paisaje. O sea, la que recibirá un gran peso y mucho uso. Pues lo curioso es que esas maderas no están unidas entre sí por ningún clavo, según me explicaron. Y ahí sigue, estable y duradera.

Este no es ningún sitio turístico. Es una casa de comida que nos había recomendado el conductor de jinrikisha. La fotografié porque justo en el piso de arriba se puede ver un letrero donde pone "Salón de Café" con acento y todo. Desde que estoy en Japón no han sido pocas las tiendas, restaurantes y cafeterías que veo con nombres españoles.
Al final no comimos en este restaurante porque la compañía Michelin (Sí, la francesa con un hombre de ruedas por logo) había reservado el piso de arriba y el restaurante en consecuencia cerró el de abajo.

Esto fue lo que comí al final. Oyakodon. Literalmente significa Plato del padre y el hijo, y se llama así porque tiene huevo y pollo. En la foto no se ve muy agradable, pero es por culpa de la mala calidad de mi cámara. Realmente estaba delicioso, y tenía muy buena pinta cuando lo sirvieron. Mi amigo me explicó que el pollo con el que estaba hecho era especial, con una crianza específica, y por eso no podría hacerse igual en España por muy bueno que fuese el cocinero.

Este es el billete de entrada al templo kinkakuji, también conocido como el Templo Dorado. Alguno lo conocerá por la novela de Mishima Yukio.
Dicen que este billete sirve como amuleto protector del hogar. Si lo cuelgas en tu casa, sirve para prevenir problemas (No sé si se referían a robos, o a incendios, pues antíguamente en un Japón en el que el 99% de las casas eran de madera, los incendios eran catastróficos y uno de los mayores temores de los japoneses, junto a las tormentas, que provocaban incendios; los terremotos, que provocaban incendios, y las inundaciones y tsunamis, los cuales también provocaban incendios a pesar del agua.) Dicen, también, que si tiras ese amuleto fuera del templo, tendrás muy mala suerte. Por eso hay cajas en el interior para colocarlos. De esa forma lo devuelves y ellos pueden venderlas dos veces. Ganan ellos que ahorran estar haciendo más, ganas tú que no se te incendia la casa por venganza, y gana el bosque porque no es necesario más papel.

Este es el pabellón dorado. Fue construído por un shogun (líder militar de japón, que gobernaba en nombre del emperador) como muestra de su poder. En un princípio no se trataba de un templo budista, sino de una residencia de descanso. Más tarde fue entregado a una secta budista y ahora se usa para guardar budas. No se permite la entrada en su interior.Pero sólo verlo ya impresiona, y los jardines de los alrededor son preciosos.

Y esta es la última foto. Dentro del templo imamiyajinsha está esta piedra. La gente la sostiene en sus manos un rato, sopesándola y recordando cómo se siente. Luego pide un deseo y vuelve a sopesarla. Si pesa más, significa que es imposible que se cumpla tu deseo; si pesa menos, se cumplirá. Mi amigo dice que aprobará el DELE (Diploma de Español como Lengua Extranjera, o Diploma para Extranjeros de Lengua Española. No recuerdo bien). Yo en cambio no estoy segura de que se cumpla lo que pedí: Pesaba exactamente lo mismo la primera que la segunda vez, creo.
Y eso fue todo. Luego otras tres horas de regreso a Aichi, clases con los niños y cena en el coche con comida comprada en un dispensador para automóviles de comida rápida (Moo Burger, se llamaba la cadena). Mi amigo me recomendó una bebida llamada Koohii Sheiku (Coffee Shake) pero no sabía a batido de café sólo. Era como un helado de vainilla con crema de moca, no muy congelado.  De todas formas estaba bueno.

Y eso ha sido todo por hoy.








martes, 12 de julio de 2011

¡Estoy en Japón! 日本でいます!

Esta entrada está muy cargada de información. Por eso voy a subrayar las palabras que merecen una explicación, y al final explicaré como pueda de qué se trata, para quien no lo conozca.

Entonces:

Hace un tiempo que no escribo en el blog, por muchos motivos. El principal es porque tenía que terminar los exámenes de la universidad, encargarme de la mudanza y, por último, de mi viaje a Japón.



Sé que no he avisado con mucha antelación, ni me he tomado la molestia de dejarlo caer alguna vez. No fue ni por modestia ni por desinterés. Mas bien se trata de que el propio viaje me aterraba a mí misma. Parecía increíble que de un momento a otro fuera a ir a Japón. ¡A Japón! Y por dos meses, para colmo.



El plan era ir a Osaka, luego a Aichi, y por último a Tokyo. En el primer destino iba a estar cosa así de cinco días, en el segundo casi dos semanas, y en el tercero más o menos un mes, y todo estaba planificado para que una vez llegara a Osaka comprara un adaptador, o como quiera que se llame el bicho que se pone en los enchufes para que un ordenador español pueda recibir energía nipona. Es más, no sólo estaba planeado hacerlo, sino que lo hice. Compré el dichoso adaptador. Una pena que no sirviera para enchufes anchos (era más bien del tipo cable de lámpara, y similares). Así que a excepción del Ipod, no podía usar internet, y teniendo en cuenta que mi Ipod es mi diccionario portatil (fantástica aplicación Kotoba, gratuíta e increíblemente útil, para quien le interese), no quería gastar la batería porque me era difícil encontrar un momento en el que pudiera cargarlo en el portatil de mi amiga.

 Así que no he podido escribir nada hasta ahora.

Y sí, me estoy quedando de huesped con distintas amigas que conocí en Salamanca.



Ahora me encuentro en Aichi. Aquí tengo a una chica (que en Navidades se vino a Canarias a pasar las fiestas con mi familia) y un chico (con el que estuve viviendo un año, más o menos) que me sirven de guía en la ciudad, cuando no tienen trabajo. El resto del tiempo soy yo sola frente a Japón, pero Japón es un contrincante demasiado amable. Se empeña en no hacer daño, en impedir que me pierda, en ofrecerme ayuda constantemente... A este paso no podré tener una mala experiencia de la que quejarme a mis nietos y por la cual mis amigos se rían de mi (y realmente tampoco estoy ansiosa por tenerla, pero es el sino del viajero ¿no?)



Quería tomarme tiempo para escribir largo y tendido sobre diversas cosas que viera en Japón. Cosas que me llamara la atención, pero ahora me encuentro con que no tengo tiempo, y tantos detalles se han pasado, o se han acumulado en mi cuaderno de notas de viaje, que ya no sé ni cómo hablar de ellas.

De entrada, diré que me he sorprendido y decepcionado a partes iguales con mi dominio del idioma (o chapurreo, que sería más fiel). El primer día, aún sin haber pisado suelo japonés, coincidí con una pareja de jubilados de Kyoto que habían estado de turismo en china (Vuelo Pekín-Osaka), y sin intentarlo de pronto me vi hablando con ellos en un japonés muy, pero que muy, troglodita. Ellos se espresaban bien, lentamente, sin Kansaiben (Dialecto de la zona de Kansai), y asegurándose de repetirlo de miles de formas distintas. Pero yo sólo podía responder con palabras sueltas, o con mis ya más que usados “Wakarimasen” (No lo sé/ No lo entiendo).



Fue más bien gracias a esa pareja que llegué sin problemas al monorail que hay dentro de la estación para conducirte a la zona de equipaje. Luego me indicaron en qué cola tenía que ponerme para pasar el control para extranjeros. Huelga decir que ellos pasaban casi automáticamente por unos mostradores donde apenas tenían que hacer nada, ni fila siquiera. En cambio, la cola que yo tenía que hacer practicamente ocupaba el resto de la enorme sala, y en su mayoría eran extranjeros asiáticos que se me colaban sin el menor pudor. En serio. No es broma. Se me ponían al lado, como si no fuese una fila de uno, y luego iban adelantando pasito a pasito. Vamos, no iba a ir yo a decirles “Discúlpeme usted, señor que no domina el español, esta señorita que no se maneja con el ingles, y menos con el chino o coreano, se encuentra un poco sorprendida, por no decir molesta, por su actitud.¿Podría usted regresar a su lugar en la fila? Muchas gracias, y perdone si he sonado desagradable. No era mi intención.”



Bueno, tampoco había prisas. Por mucho que se me colaran, ya llegaría mi turno, esperaba.



A la hora de entregar la tarjeta donde daba mis datos, un hombre que redirigía a las personas a las distintas ventanillas para que les sacaran foto y huella de ambos índices, me dijo que me faltaba poner la dirección del lugar donde me quedaría. ¡Increíble! De pronto me convertí en la Señora Japoneante, con nivel de dominio del idioma 7 con ocho, y subiendo. No sé como estaba yo explicándole apurada que me hospedaba con una amiga, y el señor diciendo que con poner la dirección de mi amiga estaba bien. "Pero yo no la sé" "¿Cómo? ¿Que no la sabes? ¿Y su teléfono? ¿Lo tienes?" "Sí" "Bien, entonces escríbelo aquí, y aquí al lado pon su nombre completo. Apellido y nombre, sabes ¿No?" "Ah. Sí. Sé. Gracias" "Por aquella fila entonces" "Sí, Gracias. Perdón"



Y así, sin más ni más, estaba en Japón. Bueno. Sí que tuve un breve incidente con un perro salchicha olisqueador de maletas. Es que el muy canino me vio correr hacia mi maleta, que ya desaparecía por el otro lado de la cinta, y pensó que algo me traía entre paños. Ese algo,ciertamente, eran cuarenta gramos de la mejor calidad de jamón serrano de contrabando, el cual no te dejan entrar ni alegando consumo propio. Pero el perrito, tan nipón que és, debe ser que nunca lo probó, y ni mostró interés por él. Me miró con ojitos triste, como diciendo “¿No tienes nada de lo bueno para mi?” y se fue lastimosamente a olisquear otras maletas. La chica que se dejaba llevar por el olisqueador aeroportuario me pidió perdón varias veces, pero fueron los perdones más serios y autoritarios que nunca he recibido. Realmente sudé frío sólo con ver como me miraba.

Resulta que el guardia de la salida del equipaje también tiene que hacer preguntas, y cuando se enteró de que venía de España me preguntó por Barcelona, por el futbol y la Sagrada Familia. Yo le dije que nanai: si acaso Canarias; futbol sólo para los mundiale, gracias; y el Teide era más simple que la Sagrada Familia, pero que el mismo Fuji iba a temblar como le diera a la montañita por dar el estirón (Que ya le tocará) y crecer unos pocos metros más.

¿Lo gracioso? También conocía Canarias, y me preguntó si sabía alemán. ¿Habrán muchos canarios perdidos por Japón?



Bueno, para hacer esto un poquito más breve, resumiré que en Osaka ya he hecho un par de cosas típicamente japonesas: Comer okonomiyaki y yakisoba (el takoyaki me fue imposible, pero pongo a Dios por testigo que nunca más volveré a pasar hambre, de takoyaki. La próxima vez cae sí o sí); me he duchado en un ofuro común, con una mujer japonesa muy amable que hasta me frotó la espalda y todo(Do ut des, por supuesto); he ido en bici desde casa hasta la estación; cogido trenes en el vagón Only woman (¡Y entró una familia con la madre, el padre y los dos niños! Lo gracioso es que el muchacho mayor estaba avergonzado de estar con tantas mujeres y se escapó al vagón de al lado. Pero nadie dijo nada. Supongo que no era hora prohibida para los hombres); he paseado bajo una sombrilla negra (la abuela de mi amiga decidió acompañarme un día por Ibaraki-shi, y se negó a que yo saliera sin sombrilla sobre la cabeza, y con la sombrilla tuvo que ser); he hecho hanabi en un parque a media noche y con las cigarras cantando de fondo, mientras sudábamos y reíamos; he bebido té en un izakaya (mira que ir a un bar de bebidas y tomar té... pero mi estómago no soporta este calor) y he hecho miles de cosas más.



¡Y las que me quedan por hacer!



Ya de entrada mañana he quedado con mi amigo para ir a dar unavuelta. El viernes tengo planes para ir a correos a enviar cartas a España, y luego iré con mi amiga a un baño publico a probar por segunda vez el ofuro japonés. Con suerte haga fotos.

El resto del tiempo está aún por planear. Me gustaría visitar Nara, por eso de los ciervos, pero la mujer amable del ofuro de Osaka me dijo que no merecía la pena, y que los ciervos eran muy belicosos, y te arrancaban las cosas de la mano, los muy desvergonzados (fue muy gracioso verla imitar un ciervo)



Ahora me tengo que ir, porque he quedado con mi amiga para comer juntas y luego ir a por un par de omiyage para los amigos de España.. ¡Y esta noche compraremos Taiyaki! Llevaré la cámara y no me olvidaré de sacar fotos, para que quede constancia.




Breve glosario



Baño publico:  En Japón aún son normales los baños en los que pagas por poder darte una ducha, y la gente va más con la idea de relajarse un rato, con amigos y demás, o porque es bueno para la piel. Es como el baño tradicional en el que te lavas fuera de la bañera y luego entras, sólo que lo haces con muchas personas más, y sin ninguna vergüenza.

Tengo entendido que en algunos lugares se pueden encontrar baños publicos mixtos, pero creo que al que nosotras iremos serán diferenciados.



Hanabi: Son los fuegos artificiales. Literalmente significa flor de fuego. Los que yo hice, por supuesto, no fueron ni petardos ni fuegos en el cielo, sino que esas vengalas que se nos daban en los cumpleaños de pequeño, que prendíamos y salíamos corriendo agitando por toda la habitación, fingiendo que eran varitas mágicas o similares. No recuerdo su nombre. El caso es que en Japón, durante el verano es muy normal ver a los niños junto a lrío por la tarde-noche con sus padres y encendiendo estas cositas, o en los parques, con un cubo de agua al lado, como nosotras.



Izakaya: Es un bar de bebidas en Japón. Las copas son muy caras, pero creo que la comida sale más barata. Es muy típico visitar varios izakayas en una noche. Pero no son como nuestros bares de copas. Aquí te sientas en una mesa tipo japonesa (en el suelo), no hay calor, ni gente apretada, ni te pisan o te ensucian con alcohol ageno, y aún menos hay música a alto volúmen. Más bien es para hablar y beber.



Ofuro: Baño japonés donde uno se laba fuera de la bañera bien, pero que muy bien, y luego entra en el agua que estará a una temperatura de 40 grados, ya estemos en pleno invierno o en el más asfixciante verano. Es importante lo de la limpieza porque ese agua, en una casa familiar, se comparte por todos los que viven ahí, e invitados también. En un baño público se comparte con muchísima más gente. Así que primero se va uno al retrete, luego se laba bien el cuerpo, y por último se hierve bien durante diez minutos, y, ¡Ya está! Usted estará listo para dormir de inmediato.



Okonomiyaki: Comída típica de Osaka, que es como una masa con distintos ingredientes que se cocinan en forma de torta y luego se le hechan salsas encima. Pueden ser de carne, de pescado, de verduras, etc. El que nosotras tomamos era de mochi y queso. El mochi es un patelito de arroz glutinoso. Complicado de explicar.



Omiyage: Regalos ;-)



Sombrilla negra: o de cualquier otro color. En Japón, sobre todo en épocas de sol, las chicas suelen salir a la calle con los brazos cubiertos, o con sombrillas. Un motivo es para evitar estar expuesta directamente al sol y la insolación, pero realmente las chicas lo que intentan es evitar coger color en la cara. Aquí la belleza está en la piel blanca. De ahí que la abuela se negara a que yo saliera con peligro de tomar sol



Taiyaki: Dulce japonés con forma de pez. Es como una galleta bizcochada con pasta dentro, normalmente de anko (anko: pasta de judías rojas). Realmente sólo describo cómo lo he visto. Nunca lo he probado, así que de bizcochado sólo tengo la impresión. Ya diré la próxima vez.

Takoyaki: Como buñuelos con pulpo dentro, pero a la parrilla en vez de hervidos en aceite.



Vagón Only Woman

En Japón, durante la hora punta, los trenes se llenan hasta que es imposible que quepa un alfiler. Como es imposible evitar los roces entre cuerpos, y se ha dado más de un caso de algún listillo que aprobecha para tocar por aquí y por allí, hay vagones en los que sólo se permiten la entrada a mujeres.


Yakisoba: Fideos japonese, con verduras y carne y salsa de soja, si no me equivoco. Los fideos se hacen a la parrilla junto al resto de ingredientes.



Si hay faltas de ortografía, o me he comido un par de letras o acentos, no es culpa mía, sino de las prisas, el teclado japonés, y la falta de corrector ortográfico que me señale cuando he escrito las sílabas alteradas, o abrir con hache y demás horrografías que se cometen cuando andamos con la atención baja y la mente en miles de cosas (como que habría abierto o abía habierto)



Mata ne!
 

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